Nuestro héroe se pone los audífonos. En su cabeza se proyecta una película en blanco y negro, muda, al parecer, o tal vez es que los personajes no tienen nada que decir. Lacción parece desarrollarse en una cantina, o quizás un vodevil. De ser un vodevil, entonces es realmente tarde. Los humoristas y las bailarinas de cancan ya pasaron por el escenario y ahora las luces senfocan exclusivamenten el puñado de borrachos que siguen bebiendo hasta el hartazgo. En un rincón del escenario, casi imperceptible, suena un piano. El pianista levanta la vista y le sonríe a nuestro héroe. Sabe lo questá pensando. De unabitación al fondo delugar sescucha el ruidoso Da! Da! de inmigrantes eurorientales. La melodía que sale del piano invita a la irrealidad. El pianista deja de tocar, y a nadie le importa. El pianista se levanta, y la cámara lo sigue mientras cruza elugar, hasta dondestá labitación contigua. Descorre la cortina que la separa del salón principal, se giracia la cámara —hacia nuestro héroe, que a estas alturas todos sabemos ques Haym, o algún alterego suyo— y dice sígueme.Erik Satie en Wikipedia (En Inglés).
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